17 febrero 2010

POR TI!


Sus labios parecen esbozar una sonrisa, pero sus ojos irradian la tristeza más profunda.
Cada vez que miro esta fotografía, me recuerda esta frase que hace referencia a una de las pinturas más conocidas del pintor holandés Johannes Vermeer: La joven de la perla (h. 1665) que muchos conoceréis a través de la novela homónima de Tracy Chevalier.
Mientras tenía el objetivo de la cámara ante mí, pensaba: "intenta sonreír porque esta es la última foto que te vas a hacer con el bebé". Y de veras lo intenté aunque el resultado dista mucho de ser el que yo hubiera deseado.
Esta historia comienza tres meses atrás cuando un 5 de junio (día de mi cumpleaños), mientras estaba tratando de repasar el examen sobre Historia del Arte Contemporáneo que me esperaba a la mañana siguiente, se presentó mi madre con el mejor de los regalos en sus brazos: mi vecino Juan Carlos, al que conocía por primera vez pese a que llevaba unos meses recibiendo noticias sobre su salud.
Juan Carlos nació un día 5 de enero, coincidiendo con el aniversario del rey, lo cual fue motivo suficiente para que su madre (brasileña) decidiera darle tan regio nombre.
Fue un bebé prematuro al que los doctores no dudaron presentar con las siguientes palabras a su madre: "No sabemos cuánto puede durar. Es posible que llegue a vivir unos días, meses o incluso algún año. Pero, hágase a la idea, no hay esperanzas". Juan Carlos nació ciego, con parálisis cerebral y microcefalia. Jamás podría hablar ni caminar. En los tres meses que tuve la inmensa suerte de estar a su lado (fue la época más dura de mi vida y, sin embargo, no borraría ni un solo segundo de los que pasé junto a él) no le vimos reír ni una sola vez y eso que, cuando nos tuvimos que separar, ya contaba ocho meses.
Cuando conoces a un niño con este tipo de problemas, te vuelcas, harías lo imposible por darle tan solo una oportunidad. La gente piensa que eres tú quien se está desviviendo, quien lo está dando todo y se equivocan porque quien de verdad lo da todo es él. Juan Carlos nos ofreció a todos una clase magistral en toda regla. Conmueve y admira comprobar cómo un bebé que permanece día y noche prácticamente sedado a causa de una fuerte medicación que le permite soportar los dolores es capaz de aguantar, en menos de 24 horas, 700 km de autobús y coche; y ver cómo sigue luchando aun cuando el termómetro marca los 40º y lo tienen esperando tontamente en la sala de espera del hospital. Pero sobre todo nos descubrió que a veces basta un instante para querer a alguien, que cuanto más amor das tanto más te queda y que hay personas que con su sola existencia transforman la vida de cuantos les rodean. Juan Carlos es una de esas personas. Su madre me dijo mientras nos despedíamos: "¿Sabes? Tú has sido su ángel. Jamás infravalores lo que eso significa". "Te equivocas -respondí-. Él ha sido el nuestro. Nos ha cambiado para siempre".
Si tuviera que quedarme con una anécdota, sería la siguiente: unos pocos días antes de que Juan Carlos volviera a Brasil, mis padres y yo acompañamos a su madre a una revisión médica del bebé. Después de un par de horas, nos hicieron pasar a la consulta. El médico se dirigió a la madre interrogándola acerca de los efectos que sobre el niño estaba teniendo la medicación. Entretanto, una de las enfermeras se dispuso a realizar toda una serie de pruebas al bebé para comprobar el estado en que se encontraba. Mi padre preguntó que cuáles eran los daños y qué consecuencias tendrían en el posterior desarrollo de Juan Carlos. El médico inició un discurso totalmente aséptico en el que fue enumerando todos los problemas que le acompañarían de por vida. Escuchando sus palabras que arruinaban cualquier atisbo de esperanza, rompí a llorar inconteniblemente. Ni la mano de mi padre sobre mi rodilla ni sus palabras entrecortadas, "venga, tranquila, deja de llorar", consiguieron que sofocara el llanto. En ese mismo momento, la enfermera, que ya había terminado con Juan Carlos, permanecía en el centro de la sala vacilando sobre la conveniencia de entregar el bebé a su progenitora o a la desconocida que no cesaba de llorar. Finalmente, después de unos instantes, se acercó hasta mí y depositó al bebé en mis brazos. Lo estreché fuertemente y, elevando la mirada, le di las gracias. No sé si llegaría a comprender el inmenso valor que para mí tuvo ese gesto: me pasó al bebé en el momento en que más necesitaba sentirlo cerca.
Juan Carlos tiene ya tres añitos. Semanalmente, va a rehabilitación y acude a sesiones de terapia equina. Como pronosticaron los médicos, no camina y no habla, así que lo único que por teléfono podemos escuchar de él es su llanto.
Si he contado toda esta historia es por un solo motivo: Juan Carlos ha sido el motor de MIL GRULLAS. Este proyecto nace del deseo de ayudar a tantos otros niños que están en una situación similar a la suya.
Siempre, siempre te querremos, pequeño!

10 comentarios:

Maria dijo...

¡Muchísimas gracias por compartir esta increíble historia! Llena de amor, humildad y de ganas de ayudar a los que más lo necesitan. Eres inspiración para los demás! ^^

laury dijo...

ayyyyyyy pobreciin
bueno speremos qe con sitios como este y sus posteriores eventos..se pueda ayudar =)

Ana dijo...

Cariñete....no sé lo que has hecho pero aún conociendo la historia y sabiendo todo... has hecho que me emocione de nuevo y me vengan todos los recuerdos del pequeño Juan Carlos :) creo que has sabido expresar perfectamente lo que significa para tí y lo que ha significado para todos los demás, el conocerle. Ojala pudiera estar aquí cerquita... y seguro que lo hará algún día :) ¡Tiene que estar con su ángel!
Un besazo enorme

Anónimo dijo...

Aunque ya conocía la historia simplemente me he quedado sin palabras. Cuídate guapísima. Paqui

Anónimo dijo...

Preciosa mía!!! Tú eres una persona tremendamente importante para él, le diste un cariño inmenso, y los momentos que pasó junto a ti le hicieron muchísimo bien. Gracias a él otros niños te agradecerán tu colaboración.

Muchos BBBBBBBBSSSSSSSSSS

Mamen

Lourdes dijo...

Como ya te he dicho es el precendente. Mil Grullas viene de lejos.
Besos.

(* dijo...

Me has dejado sin palabras, linda. Hacía mucho que no entraba por aquí y ahora de repente he llegado y con lo primero que me he encontrado ha sido con esa bellísima foto que dice tanto de los dos, y uf... me vienen tantos recuerdos que se me escapan de las manos, que no sé muy bien qué decir. Hay unos versos de Silvina Ocampo que dicen: "Y siempre tengo miedo, porque soy valiente". Me han venido ahora a la memoria, al leerte, al recordar todos esos momentos. Yo nunca me olvidaré del día que conocí al pequeño Juan Carlos.´

Un abrazo enorme, a ti, a él.

Anónimo dijo...

jou Regi...adelante con el proyecto wapisima!!!hacen falta personitas buenas como tu :)))

Noelia dijo...

Gracias por todo Regina....sin palabras....GRACIAS...

Pedro J. dijo...

Preciosa y conmovedora entrada. Un abrazo (y un beso muy grande para Juan Carlos)